Para arrancar, lo primero. La normativa de la Secretaría de Comercio que dificulta la importación de libros es falaz. Basa su preocupación -es decir, su existencia- en el cuidado medioambiental. Es decir, el mismo gobierno que reprime a quienes intentan evitar que haya minas a cielo abierto o que se arroje cianuro en los ríos, aduce que le preocupa el medioambiente. Una mentira en las intenciones demostrada en la práctica. Entonces, si arrancamos así, vamos mal.
Dados los actores implicados, para quienes resulta correcto esbozar una mentira si se logran otros fines, resulta pertinente preguntarse, entonces, cuáles podrían ser esos fines. Desde las altas esferas gubernamentales se ha oído repetir que entre medio ambiente y trabajo se opta por el trabajo. Lo cual no es ni bueno ni malo de por sí, tan sólo una postura, discutible o no. Presuponemos, a partir de ello, que la medida es para generar trabajo. Es decir, para reactivar la industria editorial.
Veamos, entonces, las condiciones de la industria editorial. ¿Cómo están hoy las imprentas? ¿Con capacidad ociosa, y por eso se intenta que posean trabajo? La respuesta es no. Como cualquier editorial mediana o pequeña puede comprobar, las imprentas responsables -es decir, aquellas que entregan los libros medianamente en fecha y con calidad al menos aceptable- están abarrotadas de trabajo, con contratos de largo plazo con las editoriales grandes. Empujar a quienes imprimían afuera a que lo hagan en el país generará dos movimientos paralelos: peores libros (en calidad de impresión) a un precio mayor. No es ésa la idea, sabemos, de la idea de sustituir importaciones.Uno pensaría, entonces, que se trata de una decisión de largo alcance, de que si bien el campo de las imprentas en la actualidad es pobre, lo que se desea es crear nuevas imprentas -es decir, esas mismas que no se propiciaron en los nueve años anteriores de mandato- para que haya una industria floreciente y pujante.
Como todo el mundo sabe, desde hace unos años se inventó un aparatito llamado tablet -o sus sucedáneos-, que permite leer libros digitales. Este avance tecnológico puso en jaque a la industria del libro en papel -no a las editoriales, sino a imprentas, distribuidores y librerías-. La tendencia, se estima, es a la baja. En un tiempo aún imposible de determinar, esos actores dejarán de existir. A nivel mundial. Es decir, se estaría tratando de reactivar o crear una industria en extinción.
En términos de proceso, los lectores están viviendo un período de pasaje del libro físico al digital. Resulta importante destacar que es un proceso, que aún no se encuentra todo el material digitalizado, aunque es seguro que en algunos años eso sea un hecho. Es decir, decirle a alguien que hoy no lea libros físicos porque la verdad se halla en lo digital es, al menos, prematuro. Hoy, muchos lectores optan por el libro físico porque no existe en formato digital, y optan por comprar libros extranjeros porque no existen en la industria nacional.
Veámoslo desde otro ángulo: ¿cuánto implican las pérdidas en la balanza comercial por el sector libros? U$S 165 millones al año. Para una persona, muchísimo. Para una editorial, bastante. Para un país, menos que cero.
Ése es el número concreto: U$S 165 millones. Hay otra forma más escandalosa de verlo, el preferido por los funcionarios nacionales, que es que el 78% de los libros que se venden son importados. Si uno viera ese porcentaje, se escandalizaría. Si uno ve el total, comprende que se está escandalizando por monedas, en lo que a cuentas nacionales se refiere.
Quizás más llamativo aún sea entender la medida si uno repara en que afecta a las industrias -las que deberían emplear la sustitución- pero también a los particulares. ¿Cuánto representan los particulares en ese déficit de U$S 165 millones al año? ¿El 10%, a ojo de buen cubero? ¿U$S 16,5 millones al año, U$S 8,25 millones al semestre, U$S 1,4 millones al mes, U$S 260.000 a la semana? ¿Un desbalance de U$S 260.000 a la semana es capaz de generar caos en la economía, como para impedir a los particulares que compren libros que no consiguen en la Argentina? De ser así, la crisis macroeconómica es muy superior a lo que se expone. Y, si la crisis macroeconómica es muy superior a lo que se expone, el problema real no es que una persona -"cipayo", en la jerga oficialista- desee leer lo que le plazca, sino que se avecinan nubarrones políticos, sociales y económicos mucho más fuertes que lo que cualquier persona de bien desea para su futuro.
Continuará